Por <strong>Jesús Ángel Munilla</strong>.
Director Financiero y Adjunto Masscomm
Es importante soñar, jugar. Esa facilidad con la que cuando éramos niños hacíamos ambas cosas, se va pasando con el tiempo a medida que crecemos y nos vamos sumergiendo en el mundo de los adultos. Lo que hacen los niños no es serio, solo lo es <strong>d</strong>esde que somos mayores.
Hagamos una retrospección y situémonos en nuestros tres, cinco, siete años. Empezamos con un problema y es que difícilmente tenemos recuerdos consistentes de los tres años. Sin embargo, para los tres años, habíamos aprendido muchas, muchas cosas vitales: caminar, hablar, comer solos, distinguir determinados peligros y estas cosas, aprender a relacionarlas con nuestro entorno, principalmente con nuestros padres. Para entonces teníamos enraizada la semilla de lo que ahora somos y no nos acordamos.
Crecíamos y aprendíamos como si la vida fuera un maravilloso juego, éramos esponjas que todo lo recogían, pequeños seres inteligentes que leían entre líneas, que todo lo cuestionaban, que se asombraban ante cualquier hecho nuevo, que admiraban, celebraban cualquier pequeño reto superado. Claro que los que somos padres, lo sabemos no por recordarlo, sino porque lo hemos revivido con nuestros hijos. Hemos tenido una segunda niñez desde el otro lado de la responsabilidad. <strong>O</strong>s hemos levantado de todas las caídas. Hemos sufrido con un resfriado, con cualquier pequeño problema que os aquejara. Por eso, porque somos padres.<!--more-->
Después, al pasar los años, vamos recordando con más intensidad. Tenemos una noción clara de como eran nuestros padres, amigos, entorno. Seguíamos jugando, con el nítido<strong> d</strong>eseo de crecer, aún siendo temerosos de cualquier cambio que pudiera afectarnos a esa zona de confort, tan de moda ahora.
Cuando llegamos a la adolescencia y juventud, nos creíamos verdaderos adultos ¡Quien nos tose en esa edad!. Continuábamos jugando, mucho. Principalmente a ser mayores. Después al poco, llegamos a una pérdida del encanto de lo espontaneo, de la frescura, porque somos conscientes de que asumimos responsabilidades <strong>y</strong> son incompatibles con la realidad de los mayores, cuyo mundo y el que era el nuestro hasta entonces se van encontrando, hasta que llegamos a nuestra plena vida de adultos y la <strong>f</strong>eliz esponja se ha quedado rígida, como si estuviera fosilizada.
¿Y si la vida fuera un circuito cerrado?. ¿Podríamos volver a recuperar parte de ese sentimiento y ser de la infancia?. ¿Nos haría mas felices?. ¿Perderíamos un poco el sentido trágico de la vida, combinándolo con el sentido lúdico, la <strong>N</strong>avidad eterna?. ¿Cómo nos verían los demás?. Probablemente este es el problema. Vivimos en un entorno social “muy de reglas”.
Soy consciente de escribir en un contexto profesional, de negocios y ostento una responsabilidad. Tengo que ser cuidadoso y consecuente. También soy el de mas edad de todo el equipo y quizá por ello me permito alguna licencia. He perdido el pelo y con ello quizá un poco la vergüenza. Me desnudo el alma con mas facilidad.
Si hay un libro que me enternece por su sencillez, su compleja sencillez, su mensaje, es EL PRINCIPITO, de Antoine de Saint-Exupéry, y <strong>q</strong>ue he vuelto a releer para este editorial, emocionándome de nuevo, como siempre. En este escueto libro hay frases con un contenido que llaman como mínimo la atención, si es que no te llegan como flechas al corazón:
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<li><em>“los niños deben ser muy indulgentes con las personas grandes”.</em></li>
<li><strong>E</strong>l rey absolutista de uno de los planetas que el niño visita, sentencia: <em>“Si ordeno a un general que vuele de flor en flor como una mariposa, o que escriba una tragedia, o que se transforme en ave marina y si el general no ejecuta la orden recibida, ¿Quién, él o yo, estaría en falta?.</em> Hay que exigir a cada uno lo que puede hacer. La autoridad reposa, en primer término sobre la razón.</li>
<li><em>“Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar a los demás”.</em></li>
<li><em>“No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”.</em></li>
</ul>
 
Trabajamos muchas horas al día, estamos sometidos a grandes presiones, nos encontramos rodeados de números, clientes, proveedores, bancos, compañeros, .... nuestros sentidos están sometidos a continuos bombardeos de información, pero perdemos la esencia de determinados valores que quizá no es necesario perder, porque sin darnos cuenta seguimos ligados y <strong>p</strong>róximos a la niñez. No pretendo hacer una apología de la irresponsabilidad, de lo vano, sino todo lo contrario. Tenemos experiencia, tenemos conocimientos, hijos, obligaciones; también vivencias olvidadas, pero no irrecuperables. Nuestras relaciones personales, negocios, entorno en general, se vería enriquecido con el resultado de meter en la coctelera tantos años, tantas cosas serias de cada día, con un buen chorretón de aquellos maravillosos sueños y juegos que tenemos en el desván de nuestro cerebro y nos hicieron lo que ahora somos.
En nuestra empresa, Masscomm, estoy seguro que muchos lo identificarán, “jugamos” a este retorno, y disfrutamos aunque no sean pensamientos conscientes. Se trabaja con una intensidad enorme, somos responsables, SERIOS, PERSONAS MAYORES, pero en este recorrido de aprendizaje en el que todos nos acompañamos, no olvidamos la confianza, la ternura (no me da vergüenza decirlo), el sentido del humor, el juego. Esa parte esencial invisible a los ojos. ¡<strong>F</strong>antásticos componentes que cumplen su cometido en la coctelera!.
Por todo ello no debemos dejar de soñar y jugar. Para muestra, un enigma. Si seleccionamos las palabras que en su orden de escritura son múltiplo de 50, aparecerá un mensaje ahora oculto.
<strong>Un abrazo de los de los 3 años.</strong>